Tribuna Catedral Santiago

Tribuna y las Cubiertas de la Catedral

La Tribuna y las Cubiertas de la basílica de Santiago es una visita guiada imprescindible que ofrece hoy el Museo de la Catedral. Fácilmente transitables, fueron testigo de la fortificación de la catedral con almenas y torres. Uno de los elementos más conocidos de las cubiertas es la llamada “Cruz dos farrapos”, que significa “Cruz de los harapos”. La tradición dice que aquí, tras dormir en las tribunas, los peregrinos dejaban sus viejas ropas para ser batidas por el viento y consumidas por el sol, o bien que las quemaban en el pequeño espacio tras la cruz para purificarse e iniciar una nueva vida con las nuevas ropas que entregaba el cabildo, limpios por fuera y limpios en su espíritu tras completar la peregrinación.  Se dice también que los peregrinos debían pasar gateando una o varias veces bajo el arco trilobulado de esta cruz. Existen noticias de cómo algunos peregrinos que no cabían lograban, según se dice, atravesarlo milagrosamente. Esta leyenda de la Cruz dos farrapos inspiró sin duda a quienes hoy queman sus botas o prendas al llegar al Cabo de Finisterre, tras pasar por Santiago.

Historia de la Tribuna y las Cubiertas

Una visita imprescindible que ofrece hoy el Museo de la Catedral es la que sus guías realizan a las tribunas y cubiertas de la basílica.

La catedral presenta una particularidad: podemos rodearla en todo su perímetro por encima de sus naves laterales.

Además tiene la aún más extraña característica de permitirnos pasear por sus tejados como si de una plaza escalonada se tratara. 

Más allá de las espectaculares vistas que ello ofrece, el recorrido por estos espacios nos permite conocer partes y detalles de la catedral ocultos desde el nivel del suelo.

Ofrece algunas pistas del devenir histórico del templo, en el que se suceden las fases constructivas del románico, las aportaciones del gótico, los añadidos renacentistas y las grandes transformaciones barrocas que conforman la actual imagen exterior del templo, así como el más fugaz paso del neoclasicismo y la época contemporánea.

Entre los confesionarios de los muros de las naves laterales se abren unas pequeñas puertas que permiten subir a las tribunas.

Desde ahí se puede acceder a los tejados y a las torres, algunas de las cuales ya no existen. Son estrechas escaleras de altos escalones por las que los peregrinos medievales subían una vez terminado su Camino para descansar en las tribunas.

En la Edad Media la catedral no se cerraba por las noches, y a ella acudían peregrinos que podían dormir en las tribunas.

Esto contribuyó al uso del gran incensario, llamado Botafumeiro, para purificar el ambiente.

Además, las tribunas permitían elevar la altura y abrir vanos en los muros, haciendo de esta iglesia, como dicen ya las crónicas más antiguas, un lugar especialmente luminoso. Las tribunas, además, contrarrestan las presiones de la bóveda de cañón de la nave central.

Estas tribunas están cubiertas con bóvedas de cuarto círculo, apoyadas sobre las columnas del triforio, las cuales se abren en vanos bíforos bajo un arco mayor al interior del templo.

Las columnas presentan capiteles de buena talla y de muy variada temática, tanto con decoración vegetal como con bestias fabulosas como sirenas, pájaros, grifos… e incluso con personajes que a veces se pierden entre las hojas.

En uno de los capiteles de la tribuna, hacia los pies de la catedral, se lee en el cimacio el nombre de “Gudesteo”, el del tesorero de 1168.

Esta inscripción y cambio en la labra de los capiteles dan a entender que aquí empezó el trabajo del taller del Maestro Mateo.

Desde aquí mismo, por la parte de la girola, se aprecia un escalón en el suelo y un cambio en las bóvedas, que nos indica sin duda la primera interrupción de las obras hacia 1087, con la caída en desgracia y prisión del obispo Diego Peláez, quien inició las obras en 1075.

Las tribunas tienen también la función de almacén de los fondos del museo que no pueden ser expuestos en las salas, así como la de ser el lugar desde el que se toca el órgano, cuyo sonido emiten los espectaculares y decorados tubos en la nave mayor.

Unas decenas de escalones más arriba, llegamos a las cubiertas de la catedral, hoy devueltas a su aspecto original de enlosado.

Estuvieron cubiertas por tejas desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XX para proteger el interior de una humedad siempre amenazante en esta ciudad.

Algunas escaleras aún continúan subiendo hacia la torre carraca, y también hacia la torre de las Campanas, que además de sastrería de canónigos, es donde el campanero tuvo su vivienda hasta hace pocas décadas.

Este último campanero llegó a idear un artilugio para tocar las campanas desde la cama. Sus hijos jugaban entre los tejados y las torres con el cerdo, las gallinas y los conejos que ahí criaban para su manutención.

A esta altura, se ve a los pies de la catedral el cuerpo inferior medieval de las torres del Obradoiro, delatados por la simpleza de los muros, su decoración y sus vanos con arcos de medio punto.

Más allá, a un lado tenemos los tejados del Palacio Arzobispal y la rotonda de la neoclásica capilla de la Comunión.

Al otro, vemos las únicas almenas defensivas que se conservan de las que fortificaron la catedral como un castillo entre los siglos XIV y XVII.

Estas almenas contrastan con la crestería plateresca del claustro del siglo XVI que hay a sus pies, así como con la balaustrada y los pináculos que sustituyeron la mayoría de almenas, puestos por Peña de Toro en el cierre de la Quintana en el siglo XVII.

Desde los tejados se hace evidente la planta de cruz latina de esta basílica, elevándose en el centro del transepto un cimborrio que sustituyó al original románico, de menor altura.

Se trata de un cimborrio gótico de 1384, obra de Sancho Martís y originalmente almenado a modo de torre del homenaje de un castillo. En época barroca perdió también está función defensiva, y se colocó el capulín que hoy lo remata.

En el lado sur del crucero, viendo bajo nuestros pies la fachada de las platerías, se aprecia una primera transformación hoy casi imperceptible desde la calle.

Las primitivas ventanas románicas fueron tapiadas, y el taller del Maestro Mateo abrió en su lugar un pequeño rosetón circular del tipo de los de la fachada románica del Obradoiro.

Corona este lateral un típico cordero místico con cruz de bronce que vemos también al otro lado del transepto, sobre la cabecera de la Capilla de la Corticela.

A este otro lado norte, la fachada original románica fue sustituida por la barroca-neoclásica a mediados del siglo XVIII, cuya trasera se eleva por encima de la altura de los tejados.

Rodeando la tribuna por sus cubiertas, si bajamos la mirada veremos las capillas originales románicas, muchas de ellas ampliadas o transformadas, como la de San Juan y la iglesia de la Corticela, o el pasillo que unió a ésta última con la Catedral en 1711.

También se pueden observar los restos de la gran cabecera gótica nunca construida, así como la puerta de la Vía Sacra.

Pero sobre todo destaca el “telón” barroco que cerró toda la cabecera y que constituye hoy la Fachada de la Quintana, en la que se abren la Puerta Santa y el Pórtico Real.

Sobre la girola vemos los diferentes vanos de diversas formas y tamaños que iluminan la catedral y animan sus muros. Están cerrados con arcos de medio punto sobre columnas con labrados capiteles. En algunos puntos las columnas se alternan con otros arcos trilobulados, muy característicos de la catedral compostelana y que servirían de modelo en piezas de orfebrería como la propia urna de Apóstol.

Junto a los vanos vemos los canecillos con figuras humanas, algunas en actitud indecorosa e impúdica, ejemplificando los vicios a rechazar, además de mujeres cabalgando sobre bestias acroteras, que también pueden aludir al pecado.

Pero uno de los elementos más conocidos de las cubiertas es la llamada “Cruz dos farrapos”, que significa “Cruz de los harapos”. Se trata de un Cordero Místico con cruz de bronce sobre un bajo murete que se cierra por un lateral con un arco trilobulado.

La tradición dice que aquí, tras dormir en las tribunas, los peregrinos dejaban sus viejas ropas para ser batidas por el viento y consumidas por el sol, o bien que las quemaban en el pequeño espacio tras la cruz para purificarse e iniciar una nueva vida con las nuevas ropas que entregaba el cabildo, limpios por fuera y limpios en su espíritu tras completar la peregrinación.

Se dice también que los peregrinos debían pasar gateando una o varias veces bajo el arco trilobulado de esta cruz. Existen noticias de cómo algunos peregrinos que no cabían lograban, según se dice, atravesarlo milagrosamente.

Esta leyenda de la Cruz dos farrapos inspiró sin duda a quienes hoy queman sus botas o prendas al llegar al Cabo de Finisterre, tras pasar por Santiago.

Como nos cuenta el Códice Calixtino al referirse a la parte alta de la catedral: “Quien por allí arriba va (…) aunque suba triste se alegra de ver la espléndida belleza de este templo”.

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