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Catedral de Santiago de Compostela

La cripta apostólica. Los muros del mausoleo romano y su distribución sufrieron alteraciones desde la edad media hasta la definitiva cripta del XIX. Al fondo, la urna.

Cripta Apostólica

Las mayores colas de fieles, turistas y peregrinos se producen para subir a dar el abrazo al Apóstol que preside el Altar Mayor. Aunque la verdadera razón de ser de este templo, de las peregrinaciones a él y hasta de la ciudad de Compostela es la Cripta Apostólica. Su acceso se sitúa hoy en día unos metros más allá de la “subida al abrazo”.No siempre fue posible una veneración tan de cerca. De hecho, estas escalerillas y el propio espacio de la pequeña capilla, ante la urna relicario, son fruto de las transformaciones realizadas en 1.879 tras redescubrirse los restos del Apóstol Santiago.  Estos habían sido enterrados tras el altar mayor en 1589 por temor al pirata inglés Drake. Su hallazgo supuso un gran resurgir del culto apostólico y las peregrinaciones.

Historia de la Cripta Apostólica

Entre los trabajos desarrollados bajo la dirección del Maestro Mateo, se encuentra el cerramiento occidental de la Catedral, completando el programa iconográfico desarrollado en el inmediato Pórtico de la Gloria.

Éste permitía, a través de un gran arco central, la vista de la Catedral desde la plaza, que permanecía abierta día y noche, confirmando lo narrado por el Códice Calixtino, años antes de la construcción de la  fachada.

De acuerdo con la decisión tomada por el Cabildo, en el siglo XVI se alteró la parte central inferior de la portada. Fue para colocar unas puertas, debido a los incidentes que se sucedían por las noches en el interior de la Catedral.

En los primeros años del siglo XVII, Ginés Martínez llevó a cabo la construcción de la escalinata, modificando los accesos a la Catedral por el oeste.

El mal estado de conservación de esta fachada y especialmente de una de las torres presentaban en el siglo XVIII, así como el deseo del Cabildo catedralicio de potenciar la presencia de Santiago el Mayor como testimonio de la importancia de la sede apostólica y del propio Capítulo, hicieron que se le encargase una nueva a Fernando de Casas Novoa.

Ésta, en recuerdo al taller de canteros abierto a sus pies, recibió el nombre de Fachada del Obradoiro.

En el año 1738, Fernando de Casas presentó su proyecto con un dibujo que todavía se conserva en el Archivo catedralicio, y aquel mismo año empezaron las obras.

Su proyecto fue respetado en la construcción de la fachada , con pequeñas modificaciones que apenas se desvían de lo principal. Las obras se prolongaron hasta 1750.

El autor concibió para la fachada  un gran tríptico pétreo, que se eleva sobre la plaza con fuerte sentido ascendente. Para ello aprovechó parte de la vieja fachada medieval, sobre la que se asentó el telón barroco de la nueva, e incrementó la altura con nuevos tramos sobre los prismas medievales.

También dio importancia a la iluminación del interior de la Catedral, sustituyendo el rosetón medieval por el gran espejo que, desde la parte superior, llena de luz el interior de la nave mayor del templo. La estructura interior de la Basílica puede apreciarse en el exterior gracias a la disposición de cuerpos de esta fachada .

La decoración e iconografía es una apoteosis jacobea que completa la del Altar Mayor, renovado años antes.

También se aprovecharon los cuerpos románicos de la Torre de las Campanas, elevada por Peña de Toro en 1671, en el lado sur; y de la Torre de la Carraca, al lado norte. Ambas fueron rematadas dentro del nuevo proyecto de Fernando de Casas.

En los últimos años de obras, se llevaron a cabo las imágenes que, junto a los relieves y elementos decorativos, dan contenido a la fachada , presidida en la parte superior del cuerpo central por Santiago el Mayor.

En la ejecución de estas piezas participaron los escultores de la época relacionados con la Catedral: José Gambino, Francisco Lens, Gregorio Fernández, Antonio López y Antonio Nogueira