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Catedral de Santiago de Compostela

La capilla mayor barroca contrasta, sin desentonar, con los muros y arcos románicos

Capilla Mayor

Debemos tener en cuenta que la razón de ser de la Catedral de Santiago, y de toda la ciudad de Compostela así como del camino hacia ella desde toda Europa, es el sepulcro apostólico. Sobre él y entorno a él se construyeron las iglesias prerrománicas de Alfonso II y Alfonso III. Y, desde 1075, la actual catedral románica. De todas ellas, la más importante es la Capilla Mayor una de las imágenes más conocidas de la catedral.Es el centro visual y espiritual de la Catedral. La imagen más destacada es la que preside el Camarín barroco, una escultura pétrea del Apóstol de escuela mateana, accesible desde la girola a través de una escalera por la cual suben los fieles que quieren llevar a cabo el rito del abrazo al Apóstol, una tradición que tiene sus orígenes en el siglo XIII y que constituye la cumbre de la peregrinación.

Historia de la Capilla Mayor

Debemos tener en cuenta que la razón de ser de la Catedral de Santiago, y de toda la ciudad de Compostela así como del camino hacia ella desde toda Europa, es el sepulcro apostólico. Sobre él y entorno a él se construyeron las iglesias prerrománicas de Alfonso II y Alfonso III. Y, desde 1075, la actual catedral románica. De todas ellas, la más importante es la Capilla Mayor que, pese a ser hoy una de las imágenes más conocidas de la catedral, oculta con su aspecto de apoteosis barroca un interior románico sobre una construcción romana.

Santiago fue enterrado en un rico mausoleo romano preexistente, llamado Arca marmoricapor sus mármoles. Ésta formaba parte de las cabeceras prerrománicas, hasta el punto de condicionar su anchura, un tanto desproporcionada con respecto al cuerpo de naves. Los altares de estas basílicas, como nos dice López Ferreiro, son simples mesas de mármol sobre un sencillo pie.

Hacia 1105, ya en construcción la catedral románica, Gelmírez decidió destruir la parte más elevada del edificio romano, que subía casi hasta el actual baldaquino, y levantar en su lugar el cimborrio, el altar y el retablillo que perdurarán hasta la Edad Moderna. Se trataría de un baldaquino de metal, madera y piedras preciosas, sobre cuatro columnas y rematado por una rica cruz. Bajo él, en oro y plata repujada, vemos un frente de altar presidido por Cristo en Majestad, tetramorfos, ancianos del Apocalipsis y un apostolado.

Este espacio de la capilla mayor estaría delimitado por rejas – cuya importancia y renovaciones se recogen en los documentos de fábrica –, e íntimamente unido al coro, primero al pétreo, y desde el XVII, al de madera. Se constituyó así una “Vía Sacra” delimitada por cadenas entre el altar mayor y el coro, que hasta la edad moderna sería un privilegiado lugar de sepultura para arzobispos. Desde el último tercio del siglo XVI, a los lados de la capilla mayor habría dos fabulosos púlpitos en bronce, obra de Juan Bautista Celma. Ya en 1714 fueron rematados por tornavoces en madera dorada, obra del taller de Miguel de Romay…

Tras algunas reformas y transformaciones sufridas durante los siglos XV y XVI en la capilla mayor gelmiriana, el impulso transformador de Vega y Verdugo afectó tanto al exterior de la catedral – como el cierre de la cabecera por la Quintana – como al interior. Entre 1659 y 1671, Vega y Verdugo tomó las decisiones más importantes respecto a este espacio ya en clave barroca. Allanó aún más el suelo, y vació la capilla mayor de sus aditamentos anteriores, aunque conservando la imagen titular medieval del Santiago Sedente, que preside la basílica desde su consagración en 1211. Para adecuarla al nuevo estilo, la “sentarán” en un trono, añadiendo un bordón y una corona y la vistiéndola con una esclavina de plata y piedras preciosas. Todo ello, entre otros regalos, fue costeado a finales del siglo XVII por el arzobispo Monroy, de origen mexicano. Añadieron también el remate de plata como “rompimiento de gloria” sobre la figura de Santiago, el frontal argénteo del altar y el sagrario con su templete. El altar está además coronado por varias esculturas y lo preside la Inmaculada fundida por Jacobo Pecul con diseño de Melchor de Prado. Este enriquecimiento del altar fue diseñado por Fray Gabriel de las Casas, y realizado en su mayor parte por el orfebre Juan de Figueroa.

El llamado “camarín de Santiago”, que acoge la figura medieval, se forró con la plata resultante de fundir el altar de Gelmírez en 1670. Se añadieron relieves y rocallas y se coronó con una imagen de Santiago Peregrino rodeado por los reyes Alfonso II, Ramiro II, Fernando II y Felipe IV, obras de Pedro del Valle. Se realizaba así la idea de Real Patronato. Precisamente, este último monarca estableció en 1643 una rica pensión anual que ayudaría a sufragar los gastos de la nueva capilla mayor.

Pero es sin duda el baldaquino que cubre todo el espacio lo más destacado e innovador del conjunto. Proyectado por Domingo de Andrade y el propio Vega y Verdugo, recibió aportaciones de los mejores artistas del momento en su diseño y factura final: Pedro de la Torre, Francisco de Antas, Bernardo Cabrera, Simón López, Pedro Taboada, Juan de Cabrera, Lucas Serrano, Peña de Toro, Mateo de Prado o Brais do Pereiro. El resultado es una gran estructura de madera sobre angelotes que hacen aquí la función de soportes de la cubierta del baldaquino que suelen tener las columnas, como en San Pedro de Roma, una inspiración siempre presente para Vega y Verdugo. Remata el conjunto un coronamiento de forma piramidal que recuerda al Triunfo elevado en Sevilla en la fiesta de canonización de San Fernando en 1671. Su diseño, recogido por grabados en el libro de Fernando Torre Farfán de 1672, influiría tanto en Domingo de Andrade como en Fernando de Casas en sus obras para la catedral compostelana. En el frente vemos el escudo real, acompañado de las Virtudes Cardinales.

En la parte alta, el Santiago Caballero de Clavijo que parece saltar con su blanco caballo sobre las naves de la catedral lo debemos a Mateo de Prado. Un arca con estrella soportada por ángeles sobre todo el conjunto indica claramente el sepulcro que cobija el baldaquino, la verdadera razón de tan rica arquitectura. El fondo de la capilla sería la bóveda medieval, pintada desde 1676 por el dorador Gabriel Fernández, Juan Paz de Caamaño, José Gómez Antonio Montanero y Antonio de Romay, con la probable intención de que todo estuviera terminado para celebrar el Año Santo de 1677.

Entorno al presbiterio, los pilares medievales del deambulatorio quedan camuflados con el alto zócalo de mármoles y jaspes que asientan columnas salomónicas. Se completaron con angelotes portando lámparas de aceite. Precisamente, las lámparas será un objeto especialmente querido por los muchos donantes de bienes a Santiago. Así, entre otras, podemos observar desde el regalo de las cuatro lámparas votivas costeadas por Alfonso XI en agradecimiento por la victoria en la Batalla del Salado (1340), pasando por la obsequiada por el Gran Capitán en 1512, las barrocas hechas en Roma por el francés Lous Baladier (1765), o la que en los últimos años se ha trasladado a la sacristía actual de la catedral y que donó el ministro compostelano Eugenio Montero Ríos en 1895.

Para rematar el ornato barroco del espacio de la capilla mayor, ya cuando este estilo estaba a punto de dejar paso al neoclásico, se colocaron las tribunas altas a cada lado del presbiterio, en madera dorada y con acceso desde las capillas del pasillo que recorre la girola por su parte superior. Desde aquí solía asistir discretamente a los oficios el último cardenal de Santiago, don Fernando Quiroga Palacios, en la segunda mitad del siglo XX. Será precisamente en este período cuando se coloquen algunos sitiales del coro en la cabecera, obra de Francisco del Río basada en una sillería del siglo XVIII destinada a la catedral de Mondoñedo, en Lugo.

Con la desaparición del coro y el alargamiento de la tarima sobre el espacio del crucero, las rejas de la capilla mayor han perdido protagonismo y apenas se conservan en algunos puntos. En su momento fueron también objeto de sucesivas renovaciones a lo largo de la historia, y sirvieron de modelo para otras que cierran las capillas de la catedral. En ellas trabajaron herreros de la talla de Guillen de Bourse y Pedro Flamenco en el siglo XVI, aunque los fragmentos que han llegado a nuestros días pertenecen a este momento de transformación barroca de la capilla mayor, y son obra de los Vidales según trazas de Lucas Ferro (1772).

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